
jueves, 15 de abril de 2010
Que no cambie La Caleta
Se ha creado recientemente en Cádiz la Plataforma "Salvemos La Caleta" formada por colectivos y personas independientes que se oponen al proyecto de modificación del entorno de esta genuina y emblemática playa de Cádiz, orgullo y embeleso de gaditanos y foráneos.
Se reivindica no sólo que se anule el proyecto de modificación y ampliación del espigón-paseo "Fernando Quiñones" y la reconstrucción de un antiguo muelle, sino que también se pide al Ayuntamiento que, recogiendo el sentir de los gaditanos, impulse la declaración de La Caleta como "Monumento Natural", desde el Baluarte de los Mártires hasta el Castillo de Santa Catalina.
Yo, en otra entrada de este Blog, ya escribí sobre la belleza paisajística de este rincón de Cádiz y me posiciono en contra del proyecto de modificación del espigón y de todo lo que altere el entorno natural de ese hermoso lugar.
Lo único que considero que habría que hacer sería ubicar en otro sitio ese Colegio que está enquistado en pleno paseo marítimo interrumpiéndolo y dificultando la visión completa de la playa, o, en todo caso, dejarle por detrás un espacio peatonal como se hizo con el Colegio del Campo del Sur. Eso sí que sería ideal.
Y sin embargo, de esto nadie habla.
Como homenaje a La Caleta he hecho con algunas de mis innumerables fotos del entorno, dos Presentaciones en Powerpoints, una relizada de día y otra en las espectaculares puestas de sol.
Hasta que aprenda a subirlas al Blog, me limito a poner algunas fotos matinales ya que del aterdecer puse anteriormente una muestra.



lunes, 8 de marzo de 2010
Manolo, no fuiste profeta en tu tierra

Habías dicho: "Ante la muerte, no daré un suspiro. Estaré apretando el barro, dejando en la arcilla la última huella".
Querido Manolo, seguro que el pasado 4 de marzo de 2010 la muerte te llegó trabajando en ese sueño.
Por Internet he visto con emoción las imágenes de tu funeral celebrado en la Catedral de la Mérida venezolana, donde residías, atestada de gente que lloraba tu pérdida, con primerísimas autoridades, no sólo de esa ciudad y de la Universidad de Los Andes donde fuiste profesor durante tantos años, sino exgobernadores y exministros del pais, que rendían honores al "más emblemático e insigne escultor que ha tenido Venezuela".
Te habías ganado el título de "Escultor de Cuatro Continentes" por la diseminación de tus obras. El pasado año te otorgaron el Doctorado "Honoris Causa" en la Universidad de los Andes. Y pocos días antes de tu muerte has visto hecho realidad tu sueño de inaugurar tu Casa-Museo.
Conociendo tu trayectoria, sabiendo de tu amplísima y valiosa obra escultórica, de las innumerables exposiciones por tantos países, de los múltiples premios y galardones obtenidos a lo largo de tu vida y del reconocimiento unánime de tu trabajo por esos cuatro continentes, me entristece comprobar el desconocimiento que hay en Cádiz, tu ciudad natal, sobre tu persona como primerísima figura de la escultura en toda América y diversos países. Algunas obras son tan monumentales como la de "La Virgen de la Paz", u
na escultura mirador que se alza en la ciudad venezolana de Trujillo a 1700 m de altitud, con 46 m de alto, 18 de ancho y 1200 toneladas de peso, considerada -junto a la estatua de la Libertad de N.Y.- la más grande escultura habitable de América.
na escultura mirador que se alza en la ciudad venezolana de Trujillo a 1700 m de altitud, con 46 m de alto, 18 de ancho y 1200 toneladas de peso, considerada -junto a la estatua de la Libertad de N.Y.- la más grande escultura habitable de América.Pues si, estoy hablando del escultor Manuel De la Fuente, nacido en Cádiz hace 77 años en la calle Cruz, nº10-2º, donde vivió sus primeros veintiseis años.
Cuando era un adolescente, le hicieron una entrevista en "Diario de Cádiz" porque ya destacaba y había sido premiado en la Escuela de Arte, y entre otras cosas dijo: "Trataré de superarme al máximo y procuraré poner muy alto el nombre de Cádiz".
Y bien alto que lo pusiste, Manolo, pero en Cádiz lo sabe muy poquita gente.
Tal vez un día tus paisanos te descubran en las muchas páginas de Internet que muestran tu vida, tu obra y tu amor por Cádiz, y te dediquen tardíamente el reconocimiento que mereces. Pero tú ya no te enterarás.
Manolo, yo te conocí siendo muy jovencita, cuando viniste de Venezuela la primera vez, y luego nos seguimos viendo cada vez que regresabas a tu patria chica a ver a tu familia y a reunirte con tus amigos, con uno de los cuales yo andaba de amores.
Un grupo de amigos llenos de inquietudes culturales que como tú sentían la llamada del arte en sus diferentes facetas y que en aquella difícil época no encontraban manera de expansionarse y hacer del arte su profesión, como eran Fernando Q, Rafael S, Juan Antonio C, Luis B, Enrique G, José Antonio V, Diego S. Celso E, ... y tantos otros que tuvieron que salir de Cádiz para demostrar su valía.
Venías con Maruja, la novia que dejaste en Cádiz, y que cuando las cosas te empezaron a marchar bien, llamaste a tu lado celebrando la boda por p
oderes. Era muy guapa, de piel blanca y ojos claros que contrastaban con tu físico de cabellera negra y cejas muy pobladas. Su cuerpo lo veíamos reflejado en los Catálogos que traías de tus obras, donde dominaban los desnudos: su desnudo, entonces.
oderes. Era muy guapa, de piel blanca y ojos claros que contrastaban con tu físico de cabellera negra y cejas muy pobladas. Su cuerpo lo veíamos reflejado en los Catálogos que traías de tus obras, donde dominaban los desnudos: su desnudo, entonces.Yo, tan ingenua, sentía un poquito de pudor ajeno.
En un viaje viniste tú sólo a ver a tu padre, que tenía una hermosa carpintería-ebanistería en la calle Sacramento, donde hoy hay una Galería de Arte.
Ya había nacido por allá tu primera hija, Mª Jesús, y recuerdo que todos los muñecos y juguetes que veías por los escaparates se los comprabas sin reparar en precios. Cuando aquí andábamos "a la cuarta pregunta" tú nos deslumbrabas con tus invitaciones y regalos. Se veía que estabas bien situado y habías triunfado de lleno.
Compraste un piso en la zona de La Laguna, ya que tu mujer añoraba mucho Cádiz y quería venir con más frecuencia.
Luego nacería tu segundo hijo, un niño al que pusiste el nombre de Fidias. Al saberlo, recuerdo que me releí toda la vida y obra del escultor griego para comprender tus buenas y sobradas razones para ponerle ese nombre a tu hijo.
Fuisteis echando raíces allá y perdiendo familia acá, por lo que Maruja poco a poco fue distanciando los viajes.
Tú sí lo hacías periódicamente. Y buscabas a los amigos. A mí me encantaba oirte hablar con acento venezolano recordando las anécdotas de tu infancia en Cádiz. Cuando con 4 o 5 años le sacabas la miga al pan y modelabas figuritas para el Belén o hacías toros, que eran tu pasión. Cuando os bañábais en La Caleta y os tirábais del puente-canal. Cuando, teniendo unos 10 años, expusieron en un escaparate de tu barrio de La Viña una escultura que habías hecho de un rejoneador a caballo haciendo el quite a un toro, que dejó a todos tus vecinos pasmados con tu arte. Cuando de mozalbete, deseando con todas tus fuerzas ser torero, te escapaste con varios amigos una noche para ir a un tentadero... Sentías a Cádiz en el alma.
Otra vez que viniste ibas camino de Carrara para encargar mármol y te llevaste contigo a dos amigos a recorrer Italia. En otra ocasión os fuisteis por Marruecos. Aún tengo algunos de los regalos que me traías.
Eras sencillo, entretenido y gran conversador. Sobre los libros y catálogos de tus obras nos dabas buenas lecciones de arte. Íbamos sabiendo cómo se valoraba tu trayectoria como profesor de Univesidad y cómo se te multiplicaban los encargos y subía tu fama como artista creador. Tus obras en barro, mármol o bronce eran solicitadas y se iban extendiendo por diversos países.
En otro momento, compraste una casa grande por Conil con el deseo de montar aquí también tu taller de escultor y la ilusión de poder vivir medio año acá y medio allá, así como lugar ideal para cuando te llegara la jubilación.
Pero, aparte de la magnífica escultura que hiciste al torero Ruiz Miguel o el espectacular grupo escultórico que como homenaje a "Paquirri" se colocó junto a la plaza de toros de El Puerto de Santa Mª, no recuerdo que tuvieras importantes encargos por esta tierra.
En 2005 propusiste al Ayuntamiento de Cádiz hacer un monumento a Falla, pero los bocetos que expusiste parece que no gustaron.
Hoy me queda la gran pena de que en las últimas veces que has estado en Cádiz, por diversas circunstancias, no he coincidido contigo, aunque conocía tu presencia, estaba al corriente de tus pasos y sabía que tú preguntabas por mi.
Manolo, como artista vivirás para siempre en tus obras, pero como amigo es muy triste decirte adiós y saber que no te tendremos más entre nosotros.
Descansa en paz.
jueves, 11 de febrero de 2010
Febrero en Cádiz

Por poco carnavalera que una sea, viviendo en Cádiz, es imposible abstraerse de ese ambiente festivo, de jolgorio y buen humor que se respira en cualquier rincón de la ciudad durante el mes de febrero.
El Carnaval de Cádiz tiene el reconocimiento de "interés turístico internacional", aunque yo particularmente dudo que los guiris internacionales que nos visitan comprendan la esencia de estas fiestas gaditanas cuya base radica en el ingenio y sentido del humor de esas letras que cantan por doquier más de doscientas agrupaciones, murgas y charangas, donde con ironía y doble sentido critican temas locales, sociales, políticos, etc, parodiando y ridiculizando con mucha gracia al que cojan por delante.
Desde aquí envío mi reconocimiento y admiración para los autores: ya sean los creadores musicales o esos auténticos poetas que escriben tantas letras adaptadas al tipo que va a cantarlas. También a los que ingenian los disfraces de las agrupaciones y a los integrantes de ellas que durante meses se entregan al aprendizaje, ensayo y puesta a punto de su coro, comparsa, chirigota o cuarteto, para presentarse con toda su ilusión al Concurso de Agrupaciones de Carnaval de Cádiz.
Este concurso oficial, que se celebra en el Teatro Falla, es seguido con verdadera pasión, durante el mes que dura, por la inmensa mayoría de los gaditanos, deseosos de conocer los nuevos tangos, pasodobles, cuplés, popurris y estribillos de las numerosas agrupaciones. El veredicto final del jurado siempre es motivo de polémica.
Hasta aquí el Carnaval de Cádiz es muy localista, luego es cuando se abre al exterior y toma protagonismo la calle, que se llena de bullicio y color. Pregón de las fiestas, proclamación de diosas y ninfas, bailes, concursos de tanguillos, fiestas por todos lados, carruseles, pasacalles, rutas gastronómicas, gran cabalgata... diez días de algarabía, caretas y disfraces, algunos mamarracheros pero todos cargados de mucha imaginación y gracia. Y alegrando las calles, esas charangas de amigos y familiares llamadas "ilegales" por no participar en el concurso oficial, con sus ingeniosas letrillas picaronas. También andan por ahí los recitadores de romanceros.
Acuden a Cádiz miles y miles de forasteros. La ciudad se colapsa y, por los que hacen mal uso de las normas de educación e higiene, queda sucísima y con mucho mobiliario urbano destruído.
Como ocurre con todo, hay gaditanos que viven su carnaval con verdadera pasión y otros que cogen estos días carretera y manta.
martes, 26 de enero de 2010
De ayer a hoy en la enseñanza
Como es sabido, el gobierno estatal junto al de las comunidades autónomas ha empezado ya a repartir por los colegios un ordenador personal a cada niño de 5º y 6º de educación primaria. En poco tiempo todos los alumnos de enseñanza obligatoria dispondrán en clase de su portátil que también podrán llevarse a casa.Un plan costoso y de gran envergadura que viene a revolucionar los métodos de enseñanza tradicionales para intentar sustituir los libros y los cuadernos. Esto conllevará que todas las aulas dispongan de pizarras digitales y conexiones inalámbricas a internet. Un avanzado método donde tiene gran importancia la buena formación que debe recibir primero todo el profesorado.
Sin entrar a pensar qué ocurrirá cuando a un chico se le quede bloqueado el ordenador, a otro no se le encienda, el de allá tenga un virus y al de acá se le caiga al suelo... creo que es muy bueno poner al alcance de todos los niños el inmenso campo de posibilidades que ofertan las nuevas tecnologías y enseñarles el camino para seguir descubriendo y aprendiendo por sí mismos.
(Me asalta la duda de cómo aprenderán la ortografía y el cálculo, que ya les viene dado).
Estos avances de hoy me llevan a recordar el ayer.
En mi más tierna infancia, en los colegios nos sentábamos en pupitres, esas mesas dobles que en la misma pieza llevaban incorporados los asientos, no siempre a la distancia adecuada. Las tapas del pupitre tenían dos orificios donde se introducían los tinteros y dos hendiduras donde se colocaban las plumillas de largo mango, dispuestas para los que ya podían escribir con tinta.

También guardábamos la pizarra con su correspondiente trapo amarrado y el pizarrín.
Recuerdo que la pizarra pesaba mucho porque era una lámina de auténtica piedra de pizarra enmarcada en madera. En un lateral tenía un orificio por donde se anudaba el trapo limpiador, que por cierto siempre estaba sucísimo. Con el pizarrín hacíamos los trabajos escolares, que una vez revisados borrábamos echando encima un salivazo y secando con el
trapo o con la manga del jersey o del babi.
Pesaban tanto estas antiguas pizarras, que en manos tan frágiles era muy corriente que se cayeran al suelo y se rompieran. Si quebraban en pocos trozos, seguíamos usándolas con sus grietas. Si los añicos eran tantos que se salían del marco, había que desecharlas y aceptar la consiguiente reprimenda paterna antes de tener otra.
Recuerdo que la pizarra pesaba mucho porque era una lámina de auténtica piedra de pizarra enmarcada en madera. En un lateral tenía un orificio por donde se anudaba el trapo limpiador, que por cierto siempre estaba sucísimo. Con el pizarrín hacíamos los trabajos escolares, que una vez revisados borrábamos echando encima un salivazo y secando con el
Pesaban tanto estas antiguas pizarras, que en manos tan frágiles era muy corriente que se cayeran al suelo y se rompieran. Si quebraban en pocos trozos, seguíamos usándolas con sus grietas. Si los añicos eran tantos que se salían del marco, había que desecharlas y aceptar la consiguiente reprimenda paterna antes de tener otra.
En tiempos posteriores aparecieron modernas pizarras. No pesaban porque eran de material plastificado, pero apenas se distinguía lo que se escribía en ellas.
Recuerdo los cuadernos que mi madre nos confeccionaba cosiendo por el borde, con aguja e hilo, un grupo de hojas ya escritas por un lado para aprovechar la parte blanca. Me veo haciendo en ellas muchas y larguísimas cuentas.En casa abundaban los libros. Mi padre los traía y nos los quitábamos de las manos. Los leíamos y releíamos una y otra vez. Yo, desde muy pequeña, me sabía todos los sucesos de la "Historia Sagrada" y me extasiaba con "Lecturas Ejemplares", esas historias de niños de buen comportamiento, buenos sentimientos y buena educación que siempre eran recompensados frente a los niños "atolondrados" que, por sus malas acciones, recibían al final su correspondiente castigo.
Teníamos libros de urbanidad como "El niño bien educado" y libros de biografías de mártires y santos, así como de personajes de vida intachable y heróica, como "Cien figuras españolas".
Había libros específicos para niñas o para niños. Mientras a nosotras desde pequeñitas nos preparaban para ser hacendosas amas de casa y ejemplares madres, para los chicos había multitud de títulos encaminados a hacerlos valientes y futuros héroes, dispuestos a dar su vida por la Patria.
Había libros específicos para niñas o para niños. Mientras a nosotras desde pequeñitas nos preparaban para ser hacendosas amas de casa y ejemplares madres, para los chicos había multitud de títulos encaminados a hacerlos valientes y futuros héroes, dispuestos a dar su vida por la Patria.
Mi hermano leía "Yo soy español", "Glorias Imperiales", "Símbolos de España"... Todos transmitían un enorme amor a nuestra nación y a nuestra bandera.
En el colegio, además del "Catecismo" teníamos el único libro de estudio que era la "Enciclopedia Escolar" que cada año iba subiendo de grado y conocimiento con nosotros. Aún hoy me parece un libro estupendo de su época, recopilatorio de todas las materias, con el que memorizábamos infinidad de datos que continúan hoy en nuestro saber a pesar de los años transcurridos.

De ayer a hoy ha llovido mucho en materia de enseñanza.domingo, 20 de diciembre de 2009
Y llegó la Navidad

Una vez más, pero cada año antes, llegó la Navidad con su carga de sentimientos y emociones.
Porque a pesar del consumismo en el que hoy se han convertido estas fiestas y de que en la mayoría de los hogares se derrocha en comidas y regalos, el ambiente navideño invita a hacer en estos días un ejercicio de reflexión interior y a dirigir nuestro pensamiento a los más desfavorecidos de la sociedad, a los que viven en soledad y a los que les falta la salud.
Si después de ello podemos aportar nuestro pequeño granito de arena para ayudar a conseguir un mundo en paz, más justo y solidario, estaremos dando sentido a la Navidad.
En estos días siempre me vienen al recuerdo con nostalgia las navidades de mi infancia. Entonces había otros protagonistas: no existían los hijos de hoy, pero sí esos queridos padres de ayer y de siempre.
Eran días intensamente familiares. A casa llegaban por vacaciones mis dos hermanas mayores que estudiaban fuera y la familia volvía a verse completa y unida.
Recuerdo los ricos y novedosos olores que salían de la cocina presagiando comidas especiales en una época en la que los menús diarios eran muy simples y repetitivos, así como esas fuentes repletas de roscos rebozados de azúcar, o de buñuelos, o de fretillas, que hacía mi madre.
Recuerdo también las sesiones de villancicos y canciones regionales que las cuatro hermanas, a dos voces, ofrecíamos a los varones de la casa, en las sobremesas nocturnas, y que a mí me sonaban como perfectas corales.
No olvido tampoco la diversión que se producía con los juegos de mesa en los que participábamos toda la familia.
Se respiraba mucha alegría y calor de hogar.
Recuerdo aquellas misas del gallo en San Felipe Neri donde, entre las varoniles voces de los marianistas, surgía el espectacular "solo" que hacía un niño cantando una nana: "A la nanita nana, nanita, ea, mi Jesús tiene sueño ¡bendito sea!"
Y recuerdo ¡cómo no! la espera y llegada de los regalos de los Reyes Magos tras un larguísimo año de acumulados deseos y sueños. En este caso he de reconocer que siempre me defraudaron, por creer tanto en ellos. Nunca me trajeron mi ansiada "Mariquita Pérez".
Los recuerdos son una riqueza para el espíritu. Las navidades que vivamos hoy también las recordaremos un día con nostalgia. Intentemos que sean dignas de recordar.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
sábado, 12 de diciembre de 2009
In Memoriam
Ayer te marchaste sin decir adiós.
Lo hiciste sigilosa y discretamente para no molestar, para no dar mucho trabajo.
Te habías sentado en tu sillón a dormitar, y en tu sueño te fuiste tras esa atrayente luz que dicen comunica con un maravilloso lugar, remanso de paz y bienestar.
Y nos dejaste sin ti, así de pronto.
Pocos días antes, tú y yo, habíamos dado un paseo y tomado juntos un café. Te gustaba hablar de deportes, de temas de actualidad, de política, de viajes, de libros que leías...
Vestías impecable y conjuntado. Eras tan educado y correcto como elegante.
Te hubiera gustado haber visto cómo acudieron hoy todos los familiares y amigos a despedirte y, junto al dolor de tu pérdida, la emoción que nos desbordaba escuchando aquel Adagio de Albinoni o aquel Ave María de Schubert que interpretaron aquellos músicos para ti.
Te hubiera gustado verlo... o... ¿quizás lo viste?
Siento ya el vacío de tu ausencia y sé que nunca te olvidaré, querido Derrick.

jueves, 12 de noviembre de 2009
Esa Caleta de ensueño
Tras adquirir recientemente una nueva cámara fotográfica he aumentado la frecuencia de mis paseos por Cádiz con el fin de hacer pruebas y conocer sus prestaciones en distintas situaciones y escenarios.
De esta manera, tras recorrer la ciudad de un extremo a otro, puedo decir que el lugar más fotografiado de Cádiz por nativos y visitantes es ese rincón donde está situada la playa de La Caleta.
A todas horas del día, entre barcas y gaviotas, y especialmente al atardecer se pueden ver bastantes fotógrafos con sus trípodes, jóvenes con sus móviles, abundantes turistas y parejas románticas que desean inmortalizarse en ese escenario.
Cada tarde, cuando el sol se oculta en la lejanía del mar, se produce un espectáculo de luz y color, siempre diferente, que lleva allí a innumerables portadores de cámaras para captar esas siluetas en contraluz que se dibujan en el cielo anaranjado y rojizo, como son las barcas en reposo, las charcas que quedan con la bajamar, las cúpulas del Balneario, el camino que conduce al castillo de San Sebastian, la propia fortaleza con el Faro de la ciudad, la balaustrada del paseo con sus farolas...
Todo en La Caleta es de ensueño.
Inserto aquí algunas de las últimas fotos que he tomado con mi nueva cámara.


lunes, 28 de septiembre de 2009
Mis pirateadas Presentaciones
Cuando me inicié en el conocimiento del programa de Presentaciones Powerpoints, me ilusionó la idea de hacer, como trabajo experimental, con fotos propias y tomadas de la red, varias presentaciones dedicadas a ciertos lugares que por sus características peculiares me habían sorprendido e impactado.
Estos lugares podían ser: Xauen en Marruecos, Burano en Italia, Rothenburgo en Alemania, Santorini en Grecia, Colmar en Francia...etc, etc.
Pueblos singulares que dejan huella.
Cuando tuve realizadas con su texto correspodiente -no sin el esfuerzo y la dedicación que cuesta a un principiante- mis dos primeras presentaciones a las que titulé "Un mágico pueblo azul" y "Los colores de Burano", las envié a mis amistades para su conocimiento y disfrute.
No había pasado un mes cuando, en este imparable chorreo de archivos que entran cada día en nuestros correos, con efecto bumeran me empezaron a llegar de contactos cercanos y lejanos mis propias presentaciones.
Pero grande fue mi desilusión al abrirlas y ver que aquel trabajo hecho con tanto cuido y esmero con el único fin de dar a conocer las singularidades y belleza de esos lugares elegidos, habían sido manipulados, alterados en imágenes, texto y música y por supuesto borrada la autoría.
El indeterminado "Realizado por Neli" de la página final, era incómodo para todos aquellos que hoy muestran el trabajo como suyo propio.
Entonces empecé a comprender mejor eso de la piratería.
También he descubierto que hay bastantes Webs y Blogs que tienen mis presentaciones incorporadas a sus páginas, y, lejos de sentir satisfacción, siento rabia de ver mis trabajos firmados por otros y en la mayoría de los casos alterados y estropeados en su contenido inicial.
Me ha servido de lección y ya hasta empiezo a replantearme la continuidad de este Blog.
"Un mágico pueblo azul" se lo dediqué al pueblo marroquí de Xauen.
Xauen o Chaouen


Es una sencilla ciudad del norte de Marruecos situada en las montañas del Rif.
Su situación en la ladera de una montaña le da un carácter especial a sus estrechas calles empinadas, surgiendo rincones sorprendentes y encrucijadas de peldaños trepadores.
Pero la principal característica de Xauen es el color azul con el que están pintadas la mayoría de sus casas.
Utilizan toda la gama posible de azules, desde el pálido, el turquesa, el violado o el intenso añil, dando a la ciudad un aspecto singular.



Mientras aprendo a subir mis auténticas Presentaciones, recupero de la red alguna copia de la primera versión que hice, ya que luego le realicé algunos cambios y la mejoré.
Un mágico pueblo azul
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"Los colores de Burano" me lo inspiró la colorista islita veneciana.
Cerca de Venecia, la pequeña isla de Burano es la más pintoresca de las islas de la laguna veneciana.
Famosa por la fabricación de encajes artísticos, lo que más sorprende de ella es el brillante y variado colorido de sus casas y los reflejos que esto produce en las aguas de sus canales.
Es una isla de intenso sabor marinero. Se cuenta que desde muy antiguo, los pescadores que la habitaban pintaban de diferentes y llamativos colores sus casas para distinguirlas en la lejanía cuando volvían de la mar.
Esta tradición se ha convertido hoy en motivo de atracción turística.




Mientras subo mi presentación "Los colores de Burano", coloco aquí este sucedáneo que han hecho usando mis diapositivas y mi texto, colocando éste donde no corresponde. Han cambiado la música italiana que llevaba, la portada de presentación y la letra. Le han quitado el encanto que tenía y se la han apropiado.
lunes, 17 de agosto de 2009
Una fecha inolvidable
Llegando el 18 de Agosto de cada año, en Cádiz se recuerda y se rinde hom
enaje a las víctimas de la explosión que ocurrió en la ciudad en aquella fatídica noche de 1947 en que varios centenares de minas que estaban almacenadas en una base militar en plena ciudad explosionaron, sembrando de destrucción, dolor y muerte el gran espacio que abarcó la onda expansiva.
Mi familia y yo -que apenas rozaba los cuatro años- vivíamos muy cerca del lugar de la catástrofe y fue tan fuerte el impacto y la impresión vivida aquella noche, que a pesar de tener tan poquísima edad recuerdo con nitidez todo lo acontecido.
Eran las diez menos cuarto de la noche de aquel 18 de agosto. Mi padre había ido al cine de verano. Los cinco hermanos estábamos sentados en la mesa del comedor junto a mi madre. En el preciso momento en que yo pinchaba patatas con mi pequeño tenedor, las luces se apagaron al mismo tiempo que un terrible estruendo que casi estalla nuestras cabezas y oídos, hizo temblar todo a nuestro alrededor mientras se sucedían los ruidos ocasionados por el derrumbe de paredes, cristales, ventanas sacadas de cuajo, destrozo de mobiliario... Instintivamente, recuerdo que me protegí la cabeza con las manos, pero antes de quedar todo sumido en la más profunda oscuridad me dio tiempo a ver caer del techo la lámpara sobre la mesa donde comíamos, a la vez que la ventana que tenía en frente de mí se abría estrepitosamente de par en par. Por ella empezó a entrar un polvillo rojizo y espeso que se extendió por todas partes y comenzó a hacer difícil la respiración. Todo era terrible y confuso en medio de la oscuridad. Inmediatamente empezaron a llegar los gritos de la calle.
Asustados y llorando nos agarramos a mi madre, que a tientas pudo comprobar que, milagrosamente, todos estábamos bien. Nos dirigimos a la salida. Los tabiques que formaban el pasillo habían caido y sin ver nada fuimos saltando por los escombros. La puerta de la casa también había desaparecido. En esa misma oscuridad, muy agarrados, fuimos bajando los escalones de los dos pisos que nos separaban de la calle, pisando toda clase de objetos rotos.
La calle...parece que la estoy viendo. Cientos de personas, la mayoría ensangrentadas, unas sujetando a otras, corrían desconcertadas gritando, pidiendo ayuda, llorando, llamando y buscando a sus familiares. Todo estaba oscuro a ras del suelo, pero el cielo se había puesto rojo. Había fuego en algunos lugares y lo que más me impresionaba eran unos hierros ardiendo que pasaban volando. Yo estaba aterrada. Mi madre me llevaba en brazos por mi poca edad y porque había perdido una zapatilla. Quiso quitarme de la mano el tenedor que empuñaba pero fué imposible.
Decían que los astilleros estaban ardiendo, que el barrio de San Severiano había quedado destruido, que un polvorín de Defensas Submarinas había explotado y que podía haber otra explosión. Estábamos muy cerca de todos esos lugares.
Para alejarnos de allí nos dirigimos a la Avenida y nos paramos en la esquina porque necesitábamos encontrar a mi padre que tendría que pasar por ese lugar.
Jamás podré olvidar las escenas que vi aquella noche: el llanto de tanta gente, los gemidos de dolor de los heridos, los cuerpos inmóviles por el suelo, los que en la oscuridad buscaban a sus seres queridos gritando sus nombres... Por la Avenida pasaban ambulancias y coches recogiendo heridos. Por altavoces solicitaban hombres para acudir a la Casa Cuna y también voluntarios para donar sangre en los hospitales.
Me fijé que entre la gente que corría algunos iban en pijama y ropa interior.
Mi padre nos encontró al fin. Le había cogido la explosión en el cine de verano y nos contó los h
orrores de como, por querer salir todos a la vez, se pisoteaban y pasaban unos por encima de otros. Decía que allí podían haber quedado algunos muertos por aplastamiento.
orrores de como, por querer salir todos a la vez, se pisoteaban y pasaban unos por encima de otros. Decía que allí podían haber quedado algunos muertos por aplastamiento.Se confirmaba ya donde había sido la explosión, pero se decía que si no se controlaba el fuego que avanzaba hacia otros polvorines, era inminente una segunda explosión.
Había que alejarse de allí rápidamente. "¡A la playa!", decían por todos sitios. La gente corría y nosotros también.
Dejando atrás tantos heridos sangrando y tantas escenas de dolor, llegamos a la playa de Santa María del Mar. Bajamos por aquellos dificultosos acantilados y nos situamos en la arena. Desde allí veíamos ardiendo el edificio de la Central eléctrica.
La noche estaba calurosa y el cielo seguía rojo. Cuando el faro lanzaba sus rayos de luz barriendo la playa, impresionaba ver tanta gente sentada en la arena llorando y rezando. Y por encima de todo se oían la voces de los que con desesperación llamaban a sus familiares perdidos.
Pronto empezaron a decir que teníamos que alejarnos más e irnos a la playa grande, al Balneario. Así que emprendimos de nuevo la carrera por aquellos acantilados, para seguir por detrás de la plaza de toros y del cementerio. Recuerdo aquel camino de noche con tanta gente por la playa. Desde la arena veíamos el ir y venir por el paseo marítimo de coches y ambulancias con las sirenas a todo sonar transportando a los que habían tenido peor suerte que nosotros.
Llegamos a la altura del Hotel Playa donde había muchísima gente sentada en la arena. Las garitas de mimbre que entonces se usaban estaban todas ocupadas. En una de ellas, a modo de confesionario, había un sacerdote confesando y gente en cola esperando para recibir la penitencia. Otros grupos sentados en la arena rezaban el rosario.
A mi madre le dejaron una garita y se sentó conmigo en brazos. Mi padre fue con mi hermana al botiquín a que le curaran unas heridas que se hizo al salir de casa. Vinieron diciendo que le habían tenido que aplicar coñac porque no quedaba alcohol. También habían oído que con las sábanas del Hotel Playa estaban haciendo vendas porque en los hospitales se estaba agotando todo.
Ya corría la tranquilizante noticia de que no sucedería la segunda explosión tan temida. Fue un hondo respiro entre tanta tensión y tanto miedo acumulados. Allá a mitad de la madrugada, abrazada al regazo de mi madre y oyendo de fondo los rezos del rosario, me fui quedando dormida. Durante mi sueño pudieron, al fin, abrirme la mano y quitarme el tenedor que empuñaba.
Cuando el cielo empezaba a clarear, el murmullo de la gente me despertó. Recuerdo la luz de aquel amanecer. Era una luz maravillosa después de tanta oscuridad.
Nos pusimos en camino de vuelta a casa junto a otros vecinos y conocidos. Yo iba en brazos y a cada cierto tiempo me pasaban de unos a otros. Recuerdo el paso por el barrio de San José contemplando los destrozos sufridos en las viviendas, pero lo que más me impresionó del trayecto, aunque quisieron evitármelo acurrucándome la cabeza, fué ver a lo lejos la puerta del cementerio y oir los comentarios y sollozos. La gente rodeaba un camión que estaba descargando cadáveres y desde la distancia oíamos sus llantos y gritos de dolor. Esa escena será difícil de olvidar.
Al fin llegamos frente a nuestra casa. El edificio se mantenía en pie entre tanta destrucción y desolación en la zona. Desde allí hasta el lugar donde explotaron los polvorines, todo estaba medio arrasado, sólo se mantenían erguidas entre escombros algunas paredes, algunos trozos de casas. La iglesia de San Severiano, que entonces estaba en construcción, la Casa Cuna, los chalés cercanos, el barrio entero de San Severiano... sólo trozos de sus construcciones quedaban en pie.
Entre los amasijos de escombros que se amontonaban en la calle ante la puerta de casa, descubrimos restos de nuestros muebles hechos añicos.
Mi familia y yo habíamos salvado la vida en esa noche trágica, pero a la vista estaba el panorama de todo lo que nos quedaba por superar.


sábado, 4 de julio de 2009
Mi playa preferida
La playa donde transcurrieron los felices veranos de mi niñez fue la Playa de Santa María del Mar de Cádiz. Por muchos años: los anteriores y los que tuvo puesto el cartel de "Prohibido el paso.Playa peligrosa", fue la playita exclusiva de los niños y jóvenes de la cercana barriada España. Ningún adulto poco diestro hubiera osado, en aquellos tiempos a los que me refiero, deslizarse por esos peligrosos y empinados terraplenes sorteando obstáculos hasta caer en la arena. Yo era muy niña, pero como otros chicos de corta edad, iba en compañía de hermanos mayores. Los temporales invernales con sus fuertes mareas, iban desprendiendo trozos de los acantilados que rodeaban la cala y por tanto cada verano era distinto y más peligroso el acceso a la playita. Era una verdadera odisea bajar y subir cada día aquellos desniveles. A pesar del cartel que prohibía su uso, nadie nos echó nunca de ella.
El principal atractivo de la playa de Santa María, como la llamábamos siempre, era su hilera de rocas, que en perfecta alineación recorría la playa de punta a punta. Conocíamos a la perfección cada roca y las más imponentes tenían su nombre propio. Según estuviera la marea alta o baja, las rocas siempre ofrecían sus numerosas posibilidades.
Si la marea estaba baja, las rocas fuera del mar además de lugar ideal para secarse al sol, ofrecían el atractivo de sus variadísimos y múltiples habitantes. Estaban cargadas de cangrejos, camarones, burgaíllos, ostiones, mejillones, lapas... y un sinfín de bichitos y seres raros que se movían y nunca supe si eran animales o plantas. Entre baño y baño había en las rocas tal entretenimiento que las horas pasaban intentando hacerse con un muestrario de la variada fauna marina que iba a parar al cubito y luego a casa para ser cocidos. Los ostiones los comíamos en el mismo momento de separarlos de la roca. Había infinidad de cangrejos pululando con rapidez por los recovecos de las rocas, pero cuando alguien descubría las patas peludas de uno "moro", daba la noticia y acudían los curiosos a ver la laboriosa operación de sacar de su escondite a tan valioso crustáceo que acabaría cocido en casa.
Otro entretenimiento que nos producía la marea baja era la búsqueda de novedosas y originales muestras entre los miles y miles de piedrecitas de vidrios de colores, de caracolitos y conchas de todos los modelos y tamaños, de preciadas orejitas, de grandes caracolas con el sonido del mar... de ostras, de almejitas y mejillones nacarados, de cañaillas, de conchas de peregrino... y un innumerable y variado muestrario de naturaleza muerta que aparecía amontonado a lo largo de la arena de la playa.
Si la marea estaba alta, las rocas pequeñas quedaban cubiertas por el mar y sabíamos dónde estaban situadas, pero las altas quedaban a medio cubrir y esas eran las que producían la máxima diversión y delirio para los que lograban subirse a ellas. Si el mar estaba sereno y transparente era un verdadero placer disponer de esos trampolines para lanzarse al él, pero si había oleaje era un auténtico derroche de diversión.
Yo, pese a mi corta edad, era una experta y audaz nadadora que recibía a menudo las regañinas de mis hermanos mayores por participar en juegos tan arriesgados.
Los trozos de roca salientes del mar estaban siempre tan concurridos que muchos chavales caían al agua por imposibilidad de encontrar dónde apoyar los pies o por los empujones que allí se sucedían. Se esperaba a las mejores olas para lanzarse a ellas. Había días que cuando las olas eran tan altas y venían con tanta fuerza, todos los que estábamos arriba de la roca nos agarrábamos fuertemente intentando formar una muralla protectora. Si lográbamos vencer la fuerza de la ola que nos atravesaba y seguir de pie, formábamos un verdadero "jolgorio". Si por el contrario, la ola nos arrastraba y nos tiraba a todos al agua, tampoco pasaba nada: a nadar de nuevo y subirse otra vez. Nuestros cuerpos estaban señalados por todas partes de rozaduras con las rocas, pero no le dábamos importancia.
Y con tantas diversiones en el mar y con tantos juegos en la arena iban sucediéndose aquellos inolvidables veranos de la infancia en Santa María. Veranos que por la cantidad de vivencias y recuerdos que dejaron, seguramente empezaran en marzo y terminaran en noviembre.
Un mal día nos encontramos la playa reducida a la mitad. Había una valla metálica perpendicular al mar que la dividía en dos. Nos contaron que en la otra mitad, la más cercana al centro de Cádiz, se iban a acometer obras de acondicionamiento para transformarla en playa privada, de pago, para uso de los residentes de Bahía Blanca y alrededores.
Efectivamente, al verano siguiente se inauguraron las instalaciones de la nueva playa
de Santa María del Mar, separada de su otra mitad por una alambrada a través de la cual veíamos a la gente "rica" disfrutar de nuestra añorada roca "Barco". Les habían construido una maciza edificación para galerías, duchas, bar, restaurante, cafetería... y en la arena tenían hamacas y toldos. Arriba, en el paseo, un vigilante cortaba el paso a todo aquel que no llevara la tarjeta de socio, que eran los únicos que podían bajar por aquellas dobles escalinatas que conducían al balneario.
de Santa María del Mar, separada de su otra mitad por una alambrada a través de la cual veíamos a la gente "rica" disfrutar de nuestra añorada roca "Barco". Les habían construido una maciza edificación para galerías, duchas, bar, restaurante, cafetería... y en la arena tenían hamacas y toldos. Arriba, en el paseo, un vigilante cortaba el paso a todo aquel que no llevara la tarjeta de socio, que eran los únicos que podían bajar por aquellas dobles escalinatas que conducían al balneario. De paso, a nuestra humilde zona se le hicieron también unos arreglitos. Se echaron abajo los salientes de los acantilados que corrían peligro de desprendimiento, desapareciendo la cruz de madera que seguía allí desde el rodaje de "El Amor Brujo" y también la cueva situada debajo. Se construyó una escalera para bajar y por fin se quitó el cartel de playa peligrosa. Esto trajo consigo la llegada masiva de público que acabó definitivamente con aquella intimidad que habíamos disfrutado por mucho tiempo los jóvenes de mi barrio.
Durante los siguientes años fuimos testigos de la lucha del hombre con la fuerza de la naturaleza. Los temporales invernales y fuertes oleajes que se cebaban en esa zona iban destrozando las recientes instalaciones. Ante la llegada de un nuevo verano se hacían toda clase de reconstrucciones, se ponían barreras de cemento, se subía todo de nivel... pero sólo duraba una temporada.
Pocos años después "la otra playa", como le decíamos, dejó de existir y sus edificaciones fueron abandonadas a merced de los estragos del mar y del paso del tiempo. Los restos de la fallida construcción permanecieron erguidos bastante tiempo más.
A partir de ahí, falté muchos años de este lugar. Mi juventud transcurrió en la playa Victoria, "el Balneario", pero -casualidad de la vida- pasado un tiempo me trasladé a mi nueva vivienda situada sobre la playa de Santa María del Mar, con lo que volví a mis principios. Así he podido ver la transformación de aquella playita de mi niñez.
Tuvo que ocurrir en ella un trágico accidente por desprendimiento de tierra, para que las autoridades, por fin, se decidieran a invertir en este maravilloso rincón de Cádiz.
Unieron las dos calas y construyeron a ambos lados dos espigones para contener el oleaje. Protegieron los muros y reformaron el paseo marítimo superior edificando escaleras y rampas de acceso. Como broche final echaron toneladas de arena que en principio llegaron a tapar las rocas.
Hoy, Santa María del Mar, frecuentada por numerosísimo público, es una preciosa y cuidada playa semicircular de blanca arena y tranquilo mar, situada en ese bonito recodo de Cádiz que tiene como fondo la silueta de la Catedral. Ella me proporciona la hermosa vista que tengo cada día ante mis ojos y que no me canso de mirar. Me gusta cuando el mar está sereno y cuando en invierno se pone bravío. Me gusta cuando es azul y cuando es gris, cuando está transparente o está espumoso. Me gusta con levante y con poniente, con marea baja o marea alta. Me emociono al contemplarlo teñido de rojo en esas maravillosas y siempre diferentes puestas de sol...
A la playa, en dos ocasiones hasta ahora, le han echado arena. De momento las rocas quedan hundidas, pero al poco tiempo, conservando su hilera, surgen de la arena como queriendo hacer perpetuar su histórica presencia en esta playa y demostrar que siempre fueron y serán su seña de identidad.
Y yo me alegro cuando veo las rocas aparecer y agrandarse, porque me hacen revivir y recordar esos lejanos años de mi niñez pasados tan felizmente en mi querida playa de Santa María del Mar.
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