Pero... ¡error!, en seguida me di cuenta: la presencia de esos bloques de viviendas trasladan la foto a fechas muy posteriores a las que yo me quería referir. Tampoco las cuestas eran antes así.
En mi más tierna infancia, en el lugar donde se asientan esas casas que aparecen en primer término, y más hacia la izquierda, estaba la huerta de Cristóbal, donde yo -que vivía cerca- iba cada día con mi lechera de aluminio a comprar la leche. Allí pastaban algunas vacas, había terrenos sembrados y también animales de corral. Cristóbal tenía la piel muy curtida y con profundas arrugas. Ana, su mujer, de aspecto muy limpio, era delgada y llevaba el pelo muy tirante recogido en moño. Vestía siempre de negro con un impecable delantal de cuadritos oscuros. Tenían su vivienda en medio de la huerta.
Yo a veces tenía que esperar a que Cristóbal terminara de ordeñar la vaca. Me extrañaba que antes de empezar a venderla, pasara la leche de la vasija que la portaba a otra exactamente igual. Un día me asomé a la segunda vasija y vi que tenía agua hasta la mitad (¡!).
En cuanto a las cuestas y terraplenes que desembocaban en las vías del tren, recuerdo el aspecto de romería campestre que tomaban en las horas del mediodía.
Los obreros de los cercanos Astilleros -la inmensa mayoría de los gaditanos de entonces- solían llevarse al trabajo el "costo" o fiambrera con la comida, pero otros muchos tenían la suerte de que al sonar la sirena del mediodía, a las puertas de la factoría estaban sus mujeres esperándolos con la comida caliente.
Se dirigían al puente de San Severiano y, tras pasar por debajo de él, se sentaban a comer por aquellas cuestas de arena y matorrales. Como eran tantas parejas y grupos, componían, como he dicho antes, un curioso paisaje de escena campestre.
Por la tarde éramos los niños los que frecuentábamos aquellos terrenos inclinados para resbalarnos por ellos y sentir el vértigo que entraba cuando nos lanzábamos corriendo hacia abajo a toda velocidad sabiendo durante la carrera que ya era imposible parar hasta que la falta de inercia lo permitiera.
Aunque teníamos en cuenta que no viniera ningún tren, era un juego peligroso porque íbamos a caer en la misma vía.
La foto de las cuestas me trajo estos recuerdos.

