


Este Blog comienza su andadura con más propósito de experimentación que de supervivencia. De tener continuidad, serán mis recuerdos y mis aficiones los temas básicos que marcarán su contenido. Y todo relacionado con Cádiz, que es la ciudad donde vivo.
Descubren buenos sitios para otear.
Tengo fotografiadas un gran número de gaviotas en diversos lugares del borde marítimo -que en otro momento mostraré- pero las fotos que pongo a continuación, aunque repiten el escenario de las anteriores, están captadas hoy mismo, me han gustado y creo que con ese azulísimo color de cielo y mar, son bellas imágenes del luminoso y espléndido día de otoño que hemos tenido hoy en Cádiz.
Pero... ¡error!, en seguida me di cuenta: la presencia de esos bloques de viviendas trasladan la foto a fechas muy posteriores a las que yo me quería referir. Tampoco las cuestas eran antes así.
En mi más tierna infancia, en el lugar donde se asientan esas casas que aparecen en primer término, y más hacia la izquierda, estaba la huerta de Cristóbal, donde yo -que vivía cerca- iba cada día con mi lechera de aluminio a comprar la leche. Allí pastaban algunas vacas, había terrenos sembrados y también animales de corral. Cristóbal tenía la piel muy curtida y con profundas arrugas. Ana, su mujer, de aspecto muy limpio, era delgada y llevaba el pelo muy tirante recogido en moño. Vestía siempre de negro con un impecable delantal de cuadritos oscuros. Tenían su vivienda en medio de la huerta.
Yo a veces tenía que esperar a que Cristóbal terminara de ordeñar la vaca. Me extrañaba que antes de empezar a venderla, pasara la leche de la vasija que la portaba a otra exactamente igual. Un día me asomé a la segunda vasija y vi que tenía agua hasta la mitad (¡!).
En cuanto a las cuestas y terraplenes que desembocaban en las vías del tren, recuerdo el aspecto de romería campestre que tomaban en las horas del mediodía.
Los obreros de los cercanos Astilleros -la inmensa mayoría de los gaditanos de entonces- solían llevarse al trabajo el "costo" o fiambrera con la comida, pero otros muchos tenían la suerte de que al sonar la sirena del mediodía, a las puertas de la factoría estaban sus mujeres esperándolos con la comida caliente.
Se dirigían al puente de San Severiano y, tras pasar por debajo de él, se sentaban a comer por aquellas cuestas de arena y matorrales. Como eran tantas parejas y grupos, componían, como he dicho antes, un curioso paisaje de escena campestre.
Por la tarde éramos los niños los que frecuentábamos aquellos terrenos inclinados para resbalarnos por ellos y sentir el vértigo que entraba cuando nos lanzábamos corriendo hacia abajo a toda velocidad sabiendo durante la carrera que ya era imposible parar hasta que la falta de inercia lo permitiera.
Aunque teníamos en cuenta que no viniera ningún tren, era un juego peligroso porque íbamos a caer en la misma vía.
La foto de las cuestas me trajo estos recuerdos.
Mi padre nos decía que a pesar de que éramos siete de familia y habíamos perdido muchos enseres y muebles de la casa, en la escala de damnificados estábamos casi de los últimos porque ninguno de nosotros había muerto ni tenía graves secuelas.
De cualquier manera nos correspondió un lote con algunos cacharros de cocina, unas mantas y varias piezas de tela.
Alimentos también. Los más singulares vinieron de Argentina. La buena de Evita se había compadecido por lo ocurrido en Cádiz. En agradecimiento, a la llegada de los contenedores al muelle, un buen número de gaditanos, agitando las banderitas de listas celestes y blancas que se repartieron, y siguiendo consignas, habían gritado con fuerza: "Franco-Perón, Franco-Perón..."
(Es curioso que esta escena que acabo de describir no la recuerden ninguno de mis cuatro hermanos mayores, cuando yo, tan pequeña como era, la guardo tan clara en la memoria).
Buscábamos tesoros y encontrábamos de todo: trozos de jarrones, restos de cuadros, añicos de espejos y lámparas, pedazos de muebles... veíamos fotos, estampas, leíamos cartas... y cogíamos maderas, leña para la cocina.
Por algunos años las ruinas del antiguo barrio de San Severiano, desde el puente de hierro hasta la rocosa playa de la bahía, sobre la que hoy se asienta la barriada de La Paz, fue feudo y lugar de aventuras de los chiquillos de la cercana barriada España.